Posteado por: jarmandolopez | julio 5, 2012

SOBRE LA MUERTE Y LA RESURRECCIÓN

Todos hemos experimentados lo que es el sentimiento de la muerte. Una madre, un padre, un amigo, un hermano…todos hemos sentido en carne viva lo que significa ver partir a alguien. En la vida la muerte es lo primero que tenemos asegurados al nacer. Cuando venimos al mundo es la primera seguridad, incluso muy por delante de si seremos ricos o pobre, gordos o flacos. La fecundidad de una vida también viene enmarcada en la definitivita que ella posee.
En tal sentido, creo que se hace necesario hablar sobre la muerte en dos direcciones: la biológica y la existencia. Ciertamente, existen otras realidades.
Al morir el hombre, no muere su cuerpo, ya que la corporalidad del mismo es una pluralidad de dimensiones más allá de su carne. Lo que queda es un cadáver. La muerte, en tal sentido, humilla en lo más profundo al hombre, al punto de incapacitarle en la relacionalidad de su propio medio de interacción. Es de acotar, que todas estas dimensiones no son tocadas de la misma manera.
Para el Pueblo de Israel, lo más terrible para un semita es la muerte, ya que ello supone el fin de todo. El Scheol, por tanto, tiene una única dirección: hacia abajo. No podemos decir que Dios es el creador de la muerte, pues, la manifestación de Dios en la historia es como el Dios de la vida (Cfr. Sab 1,3).
En Pablo la idea de la muerte hay que verla en sentido de la Resurrección. Esta vida sólo tiene sentido después de la muerte porque Cristo resucito. El concepto o interpretación griega del binomio: alma-cuerpo, entra con fuerza en el pensamiento cristiano. Así, poco a poco, se va señalando lo que podríamos llamar cuerpo. Entendiendo esto, como una cárcel del alma y eso es lo que hay que salvar.
Por otra parte, los Padres retoman la idea de la muerte como posibilidad. Como paso infranqueable y necesario para el encuentro con el Padre Hijo-Dios. El Magisterio también ha sido protagonista de la profundidad del misterio de la muerte como quiebre real, pero no como el final.
Así pues, debemos superar la concepción errónea del cuerpo como cascara del alma. Como jaula donde ella es aprisionada. Disertar sobre la muerte habla más sobre el sentido, sobre el peso y la densidad de mi propia vida. Hoy día se hace urgente la elaboración de nuevos lenguajes que permitan acceder al misterio.
Es importante comenzar a ver la muerte como el comienzo de algo y no como un final. Debe revitalizarse el sentido y la vivencia de mi historia, de mi realidad corpórea, de mis relaciones para que mi muerte pueda ser obstáculo y no sufrida.
No podemos perder de vista la distinción entre una persona que muere como finalización de su realidad biológica y otra q a la cual le es truncado, robada y quitada su vida. Estas realidades deben llamarnos a pensar qué sentido y con qué densidad estoy viviendo esta experiencia que es la vida, para que la muerte no llegue a mí como quien me arrebata algo, sino como el hecho que lanza hacia una realidad más allá de esta historia pero que también toma en cuenta esta historia, con estas relaciones en su realidad.
Ahora bien, ¿cómo hilvanar todo esto con la resurrección? Hemos afirmado que la muerte del ser humano no es la última verdad, esta muerte no es el fin del sentido de la historia. Morimos para Resucitar.
En los Evangelios se da una asunción de la Tradición Veterotestamentaria, basada en la gratuidad y la retribución. La resurrección de Jesús no puede separar de cómo él vivió su vida, de lo que provocó su predicación y de la forma como fue arrebatada.
En Pablo, la Resurrección sólo tiene sentido en la Resurrección de Jesucristo. En la 1 de Corintios la alusión a que si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe, apunta a dos elementos:
1. La fe en la resurrección.
2. La venida inminente de Jesús (Parusía).

Para los Padres se hace necesaria la afirmación de la resurrección de la carne, a diferencia de Pablo, motivado a los ataques de grupos que desestimaban y religaban el valor de esta historia. De este ser corporal, y se ven presionados a hablar de ella y a colocar una posición.
El problema que entra aquí, sigue siendo el sempiterno dilema del dualismo cuerpo-alma.
El papel que jugó la Bula Papal Benedicto XII, donde se refuerza por una lado la idea de purgatorio, y por otro lado, la visión beatifica hasta el juicio universal.
No hay un tiempo de espera, sino un juicio particular. La postura católica que sigue haciendo más fuerte el sentido de inmortalidad del alma.
En síntesis, ¿hacia dónde debe apuntar una reflexión teológica sobre la resurrección?
1. Donde debe apuntar una reflexión teológica sobre la resurrección.
2. Hemos dado más importancia a estar con Dios que al resucitar.
3. Debemos elaborar un lenguaje que nos permita des-individualizar el hecho de la resurrección como un hecho particular, teniendo en consideración, o como modelo el esquema de la Iglesia terrestre.
4. La resurrección es un don de Dios, es estar cara a cara en una relación de amor continua y dinámica.
5. Sobrepasar la concepción de cuerpo-carne. Soy un cuerpo, mi existencialidad es participada por realidades pluridimensionales.
6. Superar el dualismo.


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