Posteado por: jarmandolopez | mayo 21, 2011

CASARSE POR LA IGLESIA

El anuncio del casamiento del príncipe Felipe con la periodista Letizia Ortiz ha sido favorablemente acogido por la mayoría del pueblo, según el testimonio de los medios de comunicación. Es sabido que el príncipe de Asturias concita un cálido reconocimiento y que la prometida ha sido elogiada unánimemente por sus valores humanos, extracción social no aristocrática, simpatía y belleza. Es culta y ha dado muestras de ejercer su trabajo con profesionalidad. Llama la atención, eso sí, que esté divorciada de un matrimonio anterior por lo civil y dispuesta a casarse por la Iglesia. Varias son las reacciones producidas por el hecho insólito de que una divorciada llegue a ser un día reina de España.
Ante el anuncio regio, los canonistas se ha apresurado a decir que la boda no plantea inconveniente alguno, ya que para la Iglesia los divorciados de un matrimonio civil pueden acceder al canónico sin obstáculo. Choca esta apreciación con la tradición cristiana de los primeros siglos, según la cual una cristiana y un cristiano, creyentes y bautizados, celebraban su matrimonio “como los demás hombres” (Carta a Diogneto 5,6), de acuerdo a los usos civiles. De hecho, el matrimonio cristiano hunde sus raíces en el matrimonio natural. A partir del s. IV se celebró el matrimonio entre cristianos con ritos propios, como la bendición nupcial, pero se mantuvieron gestos paganos anteriores como el anillo, las arras, el beso de los desposados, la velación de la cabeza de los esposos y en Oriente la coronación de entrambos.
La Iglesia reconoció el matrimonio como sacramento en el s. XII y comenzó a ser practicado “ante la Iglesia” en el s. XIII. A partir de entonces fue cristianizado el ritual matrimonial heredado y fijadas las normas canónicas por el Concilio de Trento. Con todo, desde 1580, cuando en Holanda apareció el matrimonio civil ante un funcionario público, la Iglesia católica lo desautorizó como si no tuviera consistencia. Es injusto que se le desconozca o se le menosprecie.
También es bueno recordar que después del Concilio Vaticano II, los reyes -si son cristianos- no son ya “laicos singulares” en la Iglesia católica, sino fieles con las mismas obligaciones y derechos que los demás. “En la liturgia -dice el Concilio- no se hará acepción de personas o de condición social, ni en las ceremonias ni en el ornato exterior” (SC 32). Al parecer, hay excepciones incomprensibles a este criterio igualitario y eclesial, hondamente evangélico.
Algunos cristianos son críticos con ciertos aspectos de la normativa matrimonial católica. Acusan de que cualquier pareja se casa por la Iglesia sin apenas exigencias, pero encuentra graves dificultades para obtener la separación o anulación matrimonial, aun en el caso de que la vida en común sea un infierno. El rechazo enérgico a una ley del divorcio, con el cuentagotas de las anulaciones, no guarda rela¬ción con la laxitud prematrimonial, ni con una actitud evangélica misericordiosa. Dicho de otro modo, el rigor canónico matri¬monial oscu¬rece la comprensión del sentido evangélico de dos cristianos que se casan porque se quieren. El matrimonio religioso se ha devaluado poco a poco hasta reducirse muchas veces a una mera ceremonia. Como sacramento, es tan insignificante hoy como el bautismo de niños.
Como símbolo de fe posee el matrimonio una originalidad propia. Es sacramento cuando los cónyuges están bautizados y son creyentes, a saber, son miembros de la Iglesia y creen que su amor, profesado de un modo especial en su boda, es signo del amor de Dios por la humanidad y de Jesucristo por su Iglesia. Como todo sacramento, exige fe viva y verdadera en medio de una asamblea de testigos cristianos, no de asistentes endomingados y a veces entorchados que al final firman satisfechos un acta matrimonial.
Aunque hay opiniones teológicas diversas sobre el grado de fe necesario para que dos bautizados contrai¬gan matri¬monio cristiano, pienso que ¬es imprescindible una fe personal, madurada antes de la boda y expresada en la ceremonia públicamente con valentía. Eso persiguen los denominados “cursillos prematrimoniales”, que no debieran ser meros trámites.
Si la fe es condición necesaria para la validez del sacramento, es un abuso casar por la Iglesia a bautizados no creyen¬tes. Como es asimismo un abuso casarse “civilmente” por la Iglesia a causa de presiones familiares, intereses sociales, logro de algún beneficio o mero gusto por los símbolos. Una vez más hay que apelar a la libertad religiosa, a las creencias y a la sinceridad.
Personalmente, preferiría que ambos casamientos, el civil y el religioso, estuviesen separados como en Francia. Al testimoniar una boda como sacerdote, no me gusta ser juez municipal; que esa función la haga el juez de turno. Pretendo ser presbítero de una Iglesia que celebra en el matrimonio el amor de un pareja como Dios manda, pues Dios es amor. Al César lo que es del César.
El matrimonio del príncipe Felipe y la periodista Letizia Ortiz podría ser simplemente civil (si no se consideran católicos) o mixto (si uno de los dos no es creyente) y tendría plena vigencia. El hecho de que quieran casarse por la Iglesia en la catedral de la Almudena supone que ambos se consideran creyentes y que la Iglesia de Madrid los admite como tales. Evidentemente, verificar por qué razones desean casarse por la Iglesia no debe ser un mero “trámite”, ni deben ser triviales los “días de reflexión” previos a su boda. A Dios lo que es de Dios.
La monarquía española ha dado muestras ejemplares de sensatez, sobriedad y autenticidad. Ojalá que la boda principesca no se reduzca a un bello fasto popular que oculte el significado profundo que tiene para los cristianos creyentes “casarse por la Iglesia”.

Tomado de: CASIANO FLORISTÁN, profesor emérito de Teología Práctica


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