Posteado por: jarmandolopez | mayo 21, 2011

¿EL MATRIMONIO CIVIL ES INEXISTENTE PARA LA IGLESIA?

1. Necesarias precisiones
¿Es totalmente exacto afirmar que el matrimonio meramente civil que contraen los católicos es inexistente para la Iglesia? Creemos que no. La Iglesia exige para reconocer la validez del matrimonio de los católicos, la presencia simultánea de tres elementos: 1º) ausencia de impedimentos; 2º) un consentimiento válido entre los contrayentes; y 3º) una forma jurídica eficaz. Dejando sin precisar los dos primeros elementos, el tercero consiste substancialmente en celebrar el matrimonio ante el obispo o el párroco o un sacerdote o diácono delegado de uno de los dos, más dos testigos comunes. Este requisito se exige para la validez del matrimonio y, si falta, el matrimonio celebrado no es válido, es decir, no constituye impedimento para poder contraer otro matrimonio. La exigencia de la celebración canónica, el ordenamiento canónico vigente, la impone sólo a los católicos que, en el momento de celebrar su matrimonio, no se hayan apartado de la Iglesia por un acto de apostasía (can. 1117). Pero, una cosa es afirmar que cuando los católicos no celebran el matrimonio ante la Iglesia, sino sólo ante el Estado (matrimonio meramente civil), ese matrimonio es nulo y otra cosa es afirmar que es totalmente inexistente, es decir, como si no hubiesen hecho nada. Eso no puede afirmarse. Bastaría pensar en los casos en que, en el matrimonio civil celebrado, existe un acto de voluntad sincero por el cual los que lo contraen se entregan y reciben mutuamente como marido y mujer en un proyecto permanente de vida, para que no pueda excluirse la posibilidad de que, en determinados casos, el obispo pueda, si se le pide, dispensar del tercer requisito señalado (forma canónica) y convierta el matrimonio meramente civil en canónico, sin necesidad de volver a celebrarlo. Es lo que técnicamente se llama “sanarlo en raíz”. Y esto no podría hacerse, si fuera totalmente inexistente, porque lo que no existe no puede ser sanado. Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 81), alude a este realidad, cuando señala que el matrimonio meramente civil de los católicos, no puede equipararse a las “uniones de hecho”, ya que en ellos “al menos existe un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizás estable”. Además, aunque el matrimonio meramente civil de los católicos no sea canónicamente válido, constituye una seria prohibición para contraer matrimonio canónico con persona distinta de aquella con quien se está casado civilmente, mientras ese vínculo civil persista y no quede disuelto por el divorcio civil (can. 1071, 1, 2º). Por consiguiente, no se puede afirmar que el Derecho Canónico desconoce totalmente el matrimonio civil de los católicos. Por éstas y otras razones que podrían aducirse, no es exacto afirmar, sin ulteriores precisiones, que el matrimonio meramente civil de los católicos es inexistente para la Iglesia.
2. Motivos y razones
Como anotación complementaria a estas precisiones, hay que añadir la dificultad y hasta imposibilidad de emitir un juicio valorativo, religioso y moral, que pueda aplicarse a todos los matrimonios meramente civiles de los católicos. Ese juicio, si hay que emitirlo, dependerá de las razones y motivos que han intervenido en el momento de tomar la decisión de ir al matrimonio civil y no al matrimonio canónico. Porque si los motivos pertenecen a ese “recinto sagrado” que es la conciencia (Vat. II, Gaudium et Spes, 16), hay que respetar esa decisión, aunque no podamos compartirla. Me apoyo en mi experiencia personal. Cuando dos católicos, en el momento de contraer matrimonio, han perdido la fe o se hallan en una situación de total indiferencia religiosa, al contraer matrimonio meramente civil hacen lo más que pueden hacer y hacen lo que deben hacer. Porque contraer, en esa situación, matrimonio sacramental, por meras razones sociales o familiares, será prácticamente, en la mayoría de los casos, una perniciosa simulación de una acción sagrada y una traición a la propia conciencia. Se trata de una razón más para no denominarlos inexistentes. Además, esta calificación y otras semejantes pueden, no sin razón, resultar ofensivas a quienes por razones de conciencia han ido al matrimonio meramente civil (Vaticano II, Dignit. humanae, 3).
3. Fe y matrimonio. Del matrimonio civil al matrimonio sacramental
Hay casos en que los católicos han contraído un matrimonio meramente civil, pero este matrimonio ha fracasado y, obtenido previamente el divorcio civil, uno de ellos pide ser admitido a un nuevo matrimonio, ésta vez canónico y sacramental. Son casos relativamente frecuentes. Los Directorios Diocesanos de Pastoral matrimonial han precisado estas situaciones y dan normas adecuadas de obligado cumplimiento. Porque es perfectamente lógico, y está totalmente justificado, que quien tiene la grave responsabilidad de admitirle al matrimonio, investigue las causas y motivos, tanto las que le impulsó a contraer el anterior matrimonio meramente civil, como las que ahora le llevan a solicitar el matrimonio canónico y sacramental. La razón es obvia y no es otra que la relación de la fe con el sacramento. Si se contrajo matrimonio meramente civil, porque en aquel momento no se tenía fe, habrá que justificar que, cuando ahora se solicita el matrimonio canónico, se ha recuperado. La necesidad de la fe en el sacramento del matrimonio es una cuestión que exigiría ser precisada muy exactamente. No lo vamos a hacer aquí. Pero, es necesario dejar constancia de que, aunque los contrayentes, o uno de ellos, no tenga fe, al menos, deberá constar que no rechaza las propiedades y elementos esenciales del matrimonio sacramental (unidad, indisolubilidad, sacramentalidad). Porque si las rechaza, el matrimonio sería nulo por simulación. Se trata de una cuestión muy delicada. Hay que tener en cuenta que, según la doctrina católica, los contrayentes no sólo son receptores, sino también son los ministros del Sacramento. Esto justifica que en algunas diócesis, como la de Madrid, el expediente matrimonial de quien ha contraído un matrimonio civil y ha obtenido el divorcio del mismo, esté reservado al obispo.
La fe es uno de los más hondos misterios del ser humano y entra dentro de ese ámbito de la propia intimidad que todos debemos respetar. Pero la celebración del matrimonio sacramental es una libre manifestación de la propia fe, es un acto público con una determinada resonancia social, sobre todo, en determinados matrimonios. Por eso, aunque no debe darse ningún tipo de discriminación en las exigencias y preparación del matrimonio, sea cual sea la categoría social de los contrayentes, sin embargo, dada la específica resonancia social de determinados matrimonios, alguien, con autoridad para ello, debería dejar muy claras las razones que justifican la celebración del matrimonio sacramental, no obstante los precedentes que concurren. La claridad razonada y razonable, en estas situaciones, no hacen daño a nadie. Las zonas de sombras, por el contrario, son siempre dañosas para todos. Por eso conviene disiparlas.

Texto elaborado por: JOSÉ MARÍA DÍAZ MORENO, S.J. Profesor de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia Comillas.


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