Posteado por: jarmandolopez | diciembre 28, 2010

La alternativa de Jesús

Jesús vivió en una sociedad en profunda crisis. Todos esperaban algún acontecimiento decisivo, incluso una intervención de Dios que diera un vuelco a la situación. Los esenios de Qumrán, los diversos grupos fariseos, los radicales «haberim», los movimientos de resistencia a Roma, los visionarios apocalípticos, todos proponían diversos caminos. Jesús, por su parte, fue gestando en su conciencia un proyecto absolutamente original: lo llamó «reino de Dios» y lo entendió como la irrupción de su compasión en el mundo. Dios es bondad sin limites, compasión increíble hacia los que sufren. Lo importante es acoger, introducir y extender esa compasión en la sociedad. No basta buscar un nuevo orden de cosas más justo según lo entiende cada grupo desde su propia visión e intereses. Es necesario introducir en la vida una nueva dinámica y una nueva dirección: la compasión tiene que dirigirlo e impulsarlo todo hacia una vida más digna para los últimos.
Este mensaje resultaba un desafío para todos. Según Jesús hay que aprender a vivir desde otro «lugar» diferente. Hay que liberarse de la «sabiduría convencional» que ha ido modelando durante siglos las tradiciones de Israel, la religión del Templo y la espiritualidad de los diferentes grupos. Hay que criticar valores muy interiorizados en la conciencia social y que llevan nombres muy concretos: «elección de Israel», «destrucción de los paganos», «dominio sobre los pueblos enemigos», «maldición de los pecadores». Jesús los llama ahora a vivir acogiendo el reino de Dios que quiere una vida más digna y más dichosa para todos, empezando por los últimos. Hay que aprender a vivir desde valores diferentes: compasión hacia los que sufren, defensa de los últimos, acogida incondicional a todos, lucha por la dignidad de todo ser humano.
Las gentes de Galilea conocían bien lo que era un reino construido sobre la violencia y la opresión. Llevaban muchos años sufriendo la crueldad de Roma y la explotación de las clases dirigentes. Siempre había sido así. Imperio de Augusto o de Tiberio, reino de Herodes o gobierno de su hijo Antipas: el resultado siempre era el mismo. Lujosos edificios en las ciudades, miseria en las aldeas; riqueza y ostentación en las elites urbanas, deudas, pérdida de tierras y hambre entre los campesinos; enriquecimiento de los grandes terratenientes, aumento de mendigos desnutridos, vagabundos, prostitutas, esclavos fugitivos de sus amos y bandoleros. Nada podían esperar de Tiberio ni de Antipas.
En este contexto hemos de situar la actuación de Jesús. Su objetivo no era organizar una religión más perfecta. No se dedicó a desarrollar una teología más precisa sobre Dios o una liturgia más digna en el Templo. La pasión que alentó toda su vida fue otra. Quería ver realizado cuanto antes el proyecto de Dios: una vida más digna y dichosa para todos. Por eso, había que introducir en la sociedad una dirección nueva hacia los últimos, los más necesitados e indefensos. ¿Cómo sería el mundo si fuera Dios y no Tiberio el que reinara realmente sobre los pueblos? ¿Qué pasaría si las cosas respondieran a la voluntad de Dios?
Desde la religión convencional de Israel todo era muy claro: Dios intervendría para destruir a los enemigos de Israel y aniquilar a los impíos que no respetaban la Torá. Jesús los sorprende a todos. No se pone de parte del pueblo elegido y en contra de los pueblos paganos: el reino de Dios no va a consistir en la destrucción de los gentiles. No se pone tampoco de parte de los justos y en contra de los impíos: el reino de Dios no va a consistir en una victoria de los santos para hacer pagar a los malos su pecado. Jesús se pone a favor de los que sufren y en contra del mal y la injusticia que impiden a todos una convivencia más digna y justa.
La compasión de Dios está pidiendo que se haga justicia a los más pobres y humillados. El reino de Dios es para ellos. Jesús tiene ante sus ojos aquellas gentes que viven humilladas en sus aldeas, sin poder defenderse de los grandes terratenientes; conoce muy bien el hambre de aquellas mujeres y niños desnutridos; ha visto llorar de rabia e impotencia a aquellos campesinos al quedarse sin tierras o al ver que los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas. Son ellos los que necesitan escuchar antes que nadie su mensaje: «Dichosos los que no tenéis nada porque vuestro rey es Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre porque seréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis»13.
¿Cómo puede Jesús hablar así? ¿No es una burla? ¿No es cinismo? Jesús habla con total convicción. Esta afirmación es central en su mensaje: los que no interesan a nadie le interesan a Dios; los que «sobran» en los imperios construidos por los hombres tienen un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen a nadie que los defienda, le tienen a Dios como Padre. Si el reino de Dios es acogido, todo cambiará para bien de los últimos. Esta fue la fe de Jesús, su pasión y su lucha.
Pero Jesús es realista. Todo esto no significa, ahora mismo, el final del hambre y la miseria, pero sí una dignidad indestructible para todas las víctimas de abusos y atropellos. Todo el mundo ha de saber que son los hijos predilectos de Dios. Esto le da a su dignidad una seriedad absoluta. Nunca en ninguna parte se construirá la vida tal como la quiere Dios si no es liberando a estos hombres y mujeres de su miseria y humillación. Nunca ninguna religión será bendecida por Dios si no introduce justicia para ellos. Esto es acoger el reino de Dios: poner a las religiones y a los pueblos, a las culturas y a las políticas mirando hacia la dignidad de los últimos.
José Antonio Pagola

EXTRAIDO DE: http://www.conviviumpress.com/es/newsletter


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