Posteado por: jarmandolopez | noviembre 20, 2010

Perdido en la traducción ¿por qué no filosofar?

La idea de unas filosofías nacionales es un oximoron: la filosofía es, en efecto, un estrato
universal del pensamiento, por así decirlo. Pero su vocación de esclarecer la vida humana
sería traicionada si no pudiera hablarse filosóficamente de los mundos particulares en los
que encarna la existencia. El filósofo mira, sin embargo, esos “particulares” e intenta
comunicar lo que de universal hay en ellos.
Hay una imagen contemporánea del filósofo que no deja de ser curiosa por significar la
actualización de una antigua: el papel que la filosofía tendría en nuestros tiempos no sería
el de avanzar en la “imagen del mundo”, en la figuración, sino en la curación del malestar
contemporáneo. La pregunta acerca de “cómo vivir” parece más perentoria, aunque
inarticulada.
Precisemos: la pregunta del “cómo vivir” pudiera reformularse como la pregunta acerca de
qué significa el conocimiento, hoy, para la vida. Uno de los efectos de la extensión de la
democracia y sus redefiniciones en el nuevo siglo está vinculado al valor del conocimiento,
que se asimila a un “bien público” que no se define por su calidad (veracidad, humanidad,
profundidad, iluminación con respecto a lo que somos o a la estructura del mundo) sino por
su disponibilidad. Lo que importa es que el conocimiento (incluyo a los resultados
científicos, a las teorías sobre la realidad, a las reflexiones más o menos sistemáticas o a las
experiencias intelectuales en general), o “lo que se sabe”, circule indefinidamente, se
consuma indefinidamente y sobre todo, fluya “igualitariamente”. La filosofía no puede ya
ser guardiana (o vanguardia) de las fronteras del conocimiento. Creo más bien que debe
convertirse en una forma de traducción entre múltiples experiencias del mundo que
coexisten sin encontrarse necesariamente, en un universo que valora la movilidad y no la
intensidad o fuerza de lo que se dice. Creo que hay, hacia la filosofía, una demanda de
clarificación algo paradójica: la circulación irremediable y vertiginosa de los saberes, de los
valores, de los “modos de vida”, de las opiniones volátiles, de las certezas humanas ahora
multiplicadas, dibuja a la persona como receptáculo involuntario de unas representaciones
que no son las suyas y con las que no sabe qué hacer. Y he allí el lugar de la clarificación,
de la traducción.
Traducir no es, por supuesto, intercambiar idiomas. Es la conversión de una experiencia
ininteligible en una articulable, es decir, que construya lo que podríamos llamar
“consistencia subjetiva”.
Digamos que la experiencia “Venezuela” necesita unos goznes para ser comprendida, no
como fenómeno cultural-antropológico-sociológico-histórico-etc, sino como experiencia a
secas. Creo que la filosofía enseña a vivir cuando presta su cuerpo para unir lo disyunto y
así crea también las “superficies de inscripción” de esa experiencia que se forma cuando lo
separado se une: a saber, sujetos.


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