Posteado por: jarmandolopez | octubre 23, 2010

CAPÍTULO X

Los detectives Miles Jensen y Archibald Somers reconocieron
al instante el trabajo que tenían delante. Jensen volvió
a mirar a Somers, quien sin duda estaba pensando lo mismo.
Dos muertos más, ambos asesinados despiadadamente, como
las víctimas en las fotos que Somers le había mostrado a Jensen.
Esta vez, los infortunados eran Thomas y Audrey García.
Sin duda, sus registros dentales lo confirmarían más tarde.
Hasta entonces, la identificación era una hipótesis.
Habían llegado a la granja de las afueras de la ciudad mucho
después de que el primer policía atendiera la llamada de
un pariente de las víctimas. Un largo camino de tierra serpenteaba
hasta el portal de la casa. El maltrecho BMW sedán de
Jensen apenas circulaba sobre las piedras y los agujeros. Aquella
granja había soportado todo tipo de inclemencias climáticas.
No había que ser un genio para darse cuenta.
Unos segundos después de entrar en la cocina de la casa,
Jensen envidió a Somers, quien había tenido la previsión de
llevarse un pañuelo para cubrirse la nariz y la boca. El hedor
de los cuerpos era abrumador, y Jensen, el único pringado que
no tenía nada con qué enmascarar el olor que los asediaba.
Otros cinco policías pululaban por la cocina. Dos de ellos estaban
usando una cinta métrica para determinar las distancias
de los cuerpos hasta los distintos muebles. Otro tomaba fotos
con una cámara Polaroid. De vez en cuando la cámara runruneaba y escupía una fotografía como las que Somers tenía
de las cinco otras víctimas. Uno de los policías buscaba huellas
digitales con unos polvos, una tarea nada envidiable, teniendo
en cuenta que casi toda la habitación estaba cubierta
de sangre. El quinto y último policía era el teniente Paolo
Scraggs. Saltaba a la vista que se trataba del policía de más alto
grado, ya que se dedicaba a observar a sus colegas para asegurarse
de que estaban haciendo un buen trabajo.
Scraggs vestía un traje azul oscuro. Por mucho que lo pareciera,
no era exactamente un uniforme. La impecable camisa
blanca y la corbata azul marino completaban el conjunto.
No era extraño que aquel hombre cuidara tanto su apariencia,
ya que la atención al detalle era una parte importantísima en
«su» equipo forense. No es que fuera el orgullo de la policía
de Santa Mondega, pero Scraggs se estaba esforzando por cambiarlo.
La última semana había sido muy dura para Scraggs y su
equipo, por todos los espeluznantes asesinatos, y hoy no era
distinto. La cocina era un caos asqueroso. Además de la sangre,
que parecía rociada a golpe de manguera, había platos rotos
y cubiertos en el suelo y en las distintas encimeras. O Thomas
y Audrey García habían presentado batalla, o el asesino
había revuelto el escenario con la esperanza de encontrar algo
valioso.
El médico forense ya se había marchado, pero quedaba el
personal de la ambulancia, que esperaba en el portal de enfrente
a que alguien le diera permiso para tapar y retirar los
cuerpos. Ante la aprobación de Somers, el equipo pasó a la
acción.
—¿Quién ha llegado primero? —preguntó Somers en voz
alta mientras los médicos pasaban por su lado.
—Yo… —contestó Scraggs, acercándose para saludar a Somers
con la mano tendida—. Teniente Scraggs, señor. Yo estoy
al cargo.
—Ya no —terció Somers, sin rodeos—. El detective Jensen
y yo mismo tomamos el mando a partir de este momento.
Scraggs parecía comprensiblemente molesto y bajó la mano, pues Somers, de todos modos, no iba a tomarla. La palabra
«¡Idiota!» se formó en su mente, pero en su lugar dijo:
—Muy bien, Somers. Como quiera.
—¿Tiene alguna pista?
—Sí, señor. Uno de mis agentes ha interrogado al hermano
de una de las víctimas.
—Un hermano… ¿Lo conocemos?
—Tal vez sí, señor. Se trata de Sánchez García, el encargado
del bar Tapioca. El muerto, Thomas García, era su hermano.
Somers sacó una libretita del bolsillo de su abrigo, la abrió
y tomó el lápiz de la espiral.
Jensen se permitió sonreír ante la actuación de Somers,
muy al estilo del teniente Colombo. Pero se contuvo al comprobar
que Scraggs lo miraba directamente.
—Sánchez declaró que no sabía quién querría matarlos
—contestó el teniente—. Aunque no creo que tenga nada que
ver con extraterrestres.
Aquella burla iba dirigida a Jensen. Nueva ciudad, mismas
bromas de mierda. Todo muy predecible, muy tedioso.
—¡Oiga! —gritó Somers—. Limítese a contestar las preguntas.
Y haga el favor de reservarse sus comentarios. Aquí
hay dos muertos. Con toda probabilidad, son inocentes. Su
sarcasmo no nos ayudará a encontrar al asesino.
—Lo siento, señor.
—Claro que lo siente. —Era obvio que Somers imponía
respeto. Jensen todavía no se explicaba por qué lo odiaban tanto
los demás policías—. Dígame… ¿quién encontró los cuerpos?
¿Fue Sánchez?
—Sí, señor —dijo Scraggs—. Dice que llegó aquí hacia las
ocho de esta mañana. Nos llamó a las nueve y once.
—¿A las ocho, dice? ¿Y dónde está ahora?
—Tuvo que ir a abrir el bar.
Jensen decidió que era el momento de intervenir. Siempre
era importante participar activamente en la primera investigación
de un nuevo destino.
—Las víctimas no llevan mucho tiempo muertas. ¿El tal
Sánchez vio a alguien en las inmediaciones? Juraría que las dos
víctimas murieron esta mañana.
—Dice que no vio nada.
Scraggs no acabó la frase con el «señor» habitual entre los
policías. A Jensen no le molestó especialmente. A la larga, se
ganaría el respeto de ese teniente y de los demás agentes. Siempre
lo hacía. Ignorando la hostilidad de Scraggs, preguntó:
—Éste es un lugar bastante aislado. Sólo hay un camino de
entrada y salida. ¿Le preguntó a Sánchez si vio a alguien en el
otro sentido mientras conducía hacia la granja?
—Por supuesto que lo hicimos. Y, tal como acabo de decirle,
no vio nada.
—Muy bien.
Tal vez fuera una pregunta estúpida, pero Jensen no conocía
la efectividad de la policía de Santa Mondega. Así que, de
entrada, no iba a fiarse de nada.
—Jensen, ¿quieres interrogar tú mismo a Sánchez? —intervino
Somers.
Éste notaba que el detective recién llegado estaba interesado
en aclarar la declaración de Sánchez. Y él sentía lo mismo.
Jensen comenzaba a ganarse el respeto de su compañero:
compartían la misma ética del trabajo.
—¿Quieres venir conmigo? —preguntó Jensen.
—No, ve tú solo. Me quedaré con los chicos y veré qué
encuentro. Ya sabes… Me aseguraré de que no pasen nada
por alto. —Obviamente, aquel comentario no les gustó a los
forenses, que lo fulminaron con la mirada. Pero Somers no
se inmutó. Disfrutaba toreándolos—. ¡Ah!, y Jensen… es probable
que lo descubras por ti mismo, pero te advierto que
Sánchez mentirá como un bellaco. No suele cooperar con la
policía. Es probable que haya contratado a un asesino para
vengar la muerte de su hermano. Así que no creas todo lo
que te diga.
Jensen se dirigió al exterior, dejando a Somers fastidiando
al equipo forense. Fue un alivio librarse del hedor de la cocina
y respirar aire fresco, y por un momento se quedó ahí de
pie. Alguien había hecho retroceder la ambulancia hasta el portal
de la casa y dos enfermeros estaban bloqueando la salida.
Jensen esperó a que la camilla estuviera cargada antes de llamar
a uno de ellos.
—Tengo que interrogar a un tal Sánchez García del bar Tapioca.
¿Sabes dónde está? —preguntó.
—Claro. Está de camino al depósito de cadáveres —contestó
el hombre, con los dientes apretados, mientras ayudaba
a empujar la camilla—. Síguenos, si quieres.
—Gracias. —Jensen sacó un billete de veinte dólares de su
bolsillo y tentó al hombre—. Otra cosa: si Sánchez decidiera
tomarse la justicia por su mano, ¿quién podría hacer el trabajo
sucio?
El enfermero de la ambulancia miró el billete por un segundo,
considerando la oferta. Pero no le tomó mucho tiempo. Lo
agarró de la mano de Jensen y se lo metió en el bolsillo.
—El único hombre en quien confiaría Sánchez es el Rey
—dijo.
—¿«El Rey»?
—Sí. Elvis sigue vivo, amigo. ¿No lo sabías?
—Me temo que no…


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