Posteado por: jarmandolopez | octubre 18, 2010

Hombre Oculto – Capítulo VII

Sánchez no solía visitar a su hermano Thomas y a su cuñada
Audrey, pero después de los sucesos de la víspera, debía
advertirles de los peligros que les esperaban.
Habían pasado casi cinco años desde el día en que había
tropezado con aquel ángel en la calle. Lo recordaba bien porque
fue la noche de Kid Bourbon, la noche en que había visto
más derramamiento de sangre y cuerpos muertos que un
enterrador ve en un año. A menos, claro, que fuera el enterrador
de Santa Mondega de hacía cinco años, cuando hubo la
masacre. El ángel era una hermosa joven llamada Jessica. Sus
caminos se habían cruzado brevemente antes de que ella entrara
en el Tapioca, la rara ocasión en que un desconocido había
sido bienvenido en el bar. Pero la vez siguiente, la encontró
en plena calle inconsciente y acribillada a balazos. Una
víctima de la escoria que se hacía llamar Kid Bourbon.
A diferencia de todas sus demás víctimas, Jessica se las había
arreglado para seguir con vida. Ese día, hubo tantos muertos
tirados en la ciudad, que Sánchez temió que ningún médico
la atendiera. El hospital local estaba colapsado con las
bajas de la trágica semana desde que Kid Bourbon anunciara
su llegada. No, la mínima posibilidad de sobrevivir de aquella
chica recaía en Audrey, la esposa de Thomas. Al ser enfermera,
podría ocuparse de Jessica. Anteriormente, Audrey había
cuidado a numerosas víctimas de tiroteos, y tenía un
promedio de supervivencia de casi el cincuenta por ciento, lo
cual sugería que Jessica tendría al menos la oportunidad de
sobrevivir, incluso tal vez de recuperarse.
Cuando después de unas semanas de cuidado, quedó claro
que Jessica no iba a morir, a pesar de haber recibido treinta
y seis balas, Sánchez quiso que Thomas y Audrey escondieran
a aquel ángel. Jessica era especial. No era una chica
corriente. Detrás de la barra del Tapioca, Sánchez había visto
de todo, pero nunca a alguien que sobreviviera a treinta y seis
heridas de bala, excepto a Mel Gibson en Arma Letal 2.
En el fondo, siempre había temido el día en que Kid Bourbon
volvería para matarla. Ese día había llegado.
Al parecer, cinco años antes, cuando Jessica apareció en la
ciudad, dos monjes se presentaron en el Tapioca. Recordaba
que estaban buscando… una valiosa piedra azul que un cazador
de recompensas llamado Ringo les había robado. Sin duda,
esa piedra sólo traía problemas. Ringo la había robado para
Santino, y no se la había entregado.
Entonces llegaron los monjes. Querían devolver la piedra
al templo y, a pesar de lo afables que parecían, no se detendrían
ante nada para obtenerla. Su llegada a Santa Mondega
había sido precedida por la aparición estelar de Jessica. Se ganó
el corazón de todos los clientes del Tapioca en los pocos días
que anduvo por ahí. Por supuesto, antes de que alguien tuviera
la oportunidad de conocerla, Kid Bourbon ya había entrado
en escena. Después de matar a todos los clientes del Chotacabras,
uno de los competidores del Tapioca, se había
presentado en el bar de Sánchez buscando a Ringo. Asesinó a
todos los clientes del bar, excepto a Sánchez. Ringo había sufrido
más que la mayoría. Le habían disparado casi cien veces,
aunque Sánchez recordaba que a Kid Bourbon le costó arrancarle
la piedra azul del cuello. (A decir verdad, era una escoria
criminal, pero cien balazos son cien balazos.) Esa piedra
tenía algo… quien la poseía se hacía invencible. Sánchez no lo
comprendía, pero sabía que aquella piedra era la raíz de todos
los problemas. La pobre Jessica sólo pasaba por la calle, pero
Kid Bourbon disparó cuando se marchaba del Tapioca.
En las calles se decía que, más adelante, los monjes de Hubal habían alcanzado a Kid Bourbon y lo habían matado, recuperando
la piedra azul, que legítimamente era suya. Así que
cuando Sánchez vio aparecer a otros dos monjes, cinco años
más tarde, además del sanguinario cazador de recompensas
llamado Jefe. Y cuando llegó a la granja de Thomas y Audrey,
a las afueras de la ciudad, sabía que debía temerse lo peor.
Estacionó su Volkswagen sedán en el portal. La puerta de
la granja tenía las bisagras sueltas. Tal vez eso no era suficiente
indicio de que algo había ocurrido. El hecho de que ni Thomas
ni Audrey hubieran salido a saludarlo era una evidencia.
Nunca dejaban la casa sola. Uno de ellos siempre salía del gran
portal de madera si escuchaban que un coche se acercaba. Pero
hoy no era el caso.
Encontró los cuerpos en la cocina. Era una cocina grande
que también usaban como comedor. Una gran mesa de roble
reinaba en la estancia, sobre los azulejos de tablero de ajedrez.
Normalmente, la habitación estaba impecable, ya que Audrey
no toleraba el desorden, pero hoy había sangre por todas partes.
En el suelo, a ambos lados de la mesa, encontró los cadáveres
todavía calientes de Thomas y Audrey. Algún tipo de humo
o vapor salía de sus torsos sangrientos y desfigurados. El hedor
era nauseabundo. Sánchez estaba acostumbrado a los malos
olores, como el de veintisiete muertos en su bar, hacía cinco
años, todos asesinados frente a sus ojos por Kid Bourbon.
Ni siquiera eso podía compararse con semejante peste. Aquello
era distinto. Olía al Mal. No había señales de balazos y, sin
embargo, Thomas y Audrey estaban irreconocibles. Ni siquiera
una señal de un corte de cuchillo, pero estaban empapados
en sangre. Como si los dos hubieran muerto sudando sangre…
A Sánchez no le sorprendió que su hermano y su esposa
estuvieran muertos. Desde el día en que les dejó a Jessica, temió
entrar un día y encontrarlos de esa guisa. Y ahora se la
habían llevado. La entrada secreta, oculta en la cocina que escondía
la escalera hasta la habitación de la chica, estaba abierta.
No había sido destrozada ni dañada, lo que sugería que la
habían abierto sin usar la fuerza. Pese a saber que la muchacha
no estaría en el piso superior, Sánchez sintió que tenía que
subir para verlo con sus ojos. Al menos, deseaba dar un último vistazo a la cama en que ella había pasado los últimos cinco años.
Empezó a subir con lentitud. Nunca le había gustado esa escalera.
Incluso siendo niño, cuando sus padres eran dueños de
la casa, había temido subir esos escalones. Eran fríos y duros, y
el poco espacio entre las paredes le hacía sentir claustrofobia.
Mientras subía con cuidado, Sánchez no oyó nada desde
la habitación de arriba. El mínimo ruido significaría que Jessica
estaba ahí y todavía vivía, incluso si seguía en coma. Pero
también podría evidenciar que el asesino de su hermano seguía
en la granja. No fue hasta que llegó a la puerta de la alcoba
que se dio cuenta de lo oscuro que estaba en la parte alta de
la escalera. Las dos velas en la pared de la escalera se habían
apagado. Apenas podía distinguir la luz de la puerta abierta en
la parte de abajo, pero en realidad no podía ver mucho más
allá de su mano extendida. Casi muerto de angustia, empleó
la mano para abrir la puerta y luego pulsar el interruptor de la
pared. La luz se encendió, cegándolo por un segundo. Respiró
hondo y entró en el cuarto.
Tal como esperaba, el dormitorio estaba vacío, excepto por
una enorme araña que se movía rápidamente en las tablas desnudas
del suelo. Sánchez tenía mucho miedo. Odiaba a las arañas,
así que se sintió muy aliviado cuando la criatura se detuvo
en seco a unos centímetros de él, luego retrocedió poco a
poco (como si no quisiera desprestigiarse) y se escondió bajo
la cama en que Jessica había vivido los últimos cinco años. Al
menos no estaba el asesino (aparte de la araña), pero le atormentaba
no encontrar ni rastro de Jessica. La cama estaba ligeramente
desecha, pero no había señales de lucha, lo cual no
era sorprendente. Después de todo… ¿Cómo secuestrar a alguien
que está en coma?
Fuera, el sonido de un motor hizo que se sobresaltara. Al
llegar, no se había percatado de la presencia de otro coche. Sin
embargo, ahora era evidente que había un coche fuera, y no
sonaba como su destartalado Volkswagen. Sonaba como un
automóvil más grande, con un motor más poderoso. De pronto
se escuchó un ruidoso chirrido de llantas… el conductor debía
de tener prisa por alejarse. Al no haber ventanas en la habitación, Sánchez tuvo que apresurarse a bajar por la estrecha
escalera con la esperanza de poder ver quién conducía el vehículo.
Jessica podía estar en el coche.
Pese a no querer involucrarse en los problemas de los demás,
y al hábito de ofrecer a desconocidos tragos de orina como
bebidas, Sánchez no carecía de buenas cualidades. Por desgracia,
la velocidad de movimientos no estaba entre ellas. En pocas
palabras, no era una persona rápida. Para el momento en
que bajó pesadamente las escaleras, saltó sobre el cuerpo de
su hermano y dio un vistazo por la puerta del frente, lo único
que pudo ver fue un Cadillac amarillo acelerando en el camino
hacia Santa Mondega.
Sánchez no era un hombre agresivo, pero conocía muchas
personas que lo eran. Sabía a quién preguntar si deseaba descargar
su venganza en el dueño del Cadillac amarillo. De hecho,
conocía a suficiente gente para que no le costara averiguar
quién había matado a Thomas y a Audrey, y lo que le
había sucedido a Jessica. Incluso si no había testigos, podría
averiguar qué había sucedido.
Fuera quien fuera el responsable de las muertes y del secuestro
de Jessica, lo pagaría. Sánchez conocía a gente que podía
hacer algo al respecto. Personas que se vengarían en su
nombre. Tendría que pagarles, por supuesto, pero ése no era
el problema. A casi todo el mundo le gustaba su bar. Tal vez
no a todos, pero si a alguien le gustaba la bebida, entonces le
gustaba beber en el Tapioca. El suministro de un año de bebida
gratis sería suficiente incentivo para que cualquier hombre
en Santa Mondega ayudara a Sánchez.
De hecho, Sánchez no quería la ayuda de cualquier hombre.
Deseaba al Rey, el mejor asesino a sueldo de la ciudad. El
hombre al que llamaban Elvis.


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