Posteado por: jarmandolopez | agosto 15, 2010

El Hombre Oculto – Capítulo II

El padre Taos se sentía al borde de las lágrimas. Había vivido
muchos momentos tristes, días tristes, incluso semanas
tristes, y tal vez un mes triste en alguna etapa del camino.
Pero aquél era el peor. Era lo más triste que jamás había
visto.
En ese instante, se hallaba en el altar del templo de Herere,
mirando hacia las filas de bancos de la iglesia. Hoy todo
era distinto… Los bancos no estaban como siempre. Deberían
ocuparlos los rostros melancólicos de los hermanos de Hubal…
En la rara ocasión en que estaban vacíos, le gustaba observar
su pulcritud, o el relajante color lila de los asientos. Hoy
los bancos no estaban ordenados, ni siquiera eran ya de color
lila. Y lo más importante: los hermanos de Hubal no parecían
melancólicos.
Aquel hedor no era del todo desconocido. El padre Taos
lo había olido cinco años antes. Le devolvió recuerdos nauseabundos;
era el olor de la muerte y la traición, envuelto en una
neblina de pólvora. Los bancos ya no estaban cubiertos de cojines
lila, estaban cubiertos de sangre. El conjunto era caótico.
Y lo peor de todo: los hermanos de Hubal que solían ocuparlos
no parecían melancólicos. Estaban todos muertos.
Mirando hacia arriba, quince metros sobre su cabeza, Taos
vio sangre goteando del techo. La bóveda de mármol con
arco perfecto había sido pintada siglos antes con las hermosas escenas de los ángeles danzando con niños felices y sonrientes.
Ahora, los ángeles y los niños estaban manchados
con la sangre de los monjes. Hasta sus expresiones habían
cambiado. Ya no parecían felices. Sus caras manchadas de
sangre expresaban preocupación y tristeza, al igual que el padre
Taos.
Había unos treinta cuerpos tirados sobre los bancos. Tal
vez otros treinta se escondían entre las filas de asientos, o debajo.
Sólo un monje había sobrevivido, y ése era Taos. Un
hombre armado con una escopeta de dos cañones le había disparado
en el estómago. La herida todavía sangraba, pero se curaría.
Sus heridas siempre se curaban, aunque las escopetas
suelen dejar marca. En su vida había recibido otros dos balazos,
ambos cinco años antes, la misma semana, con unos días
de diferencia.
En la isla de Hubal, habían sobrevivido suficientes monjes
para ayudarlo a limpiar el desorden. Sería difícil para ellos,
eso lo sabía, sobre todo para quienes habían presenciado, cinco
años antes, la última vez que la pólvora llenó el templo con
su hedor nauseabundo e impío. Así que Taos dio gracias a
Dios cuando dos de sus monjes favoritos, los jóvenes Kyle y
Peto, entraron en el templo por el enorme agujero en que se
habían convertido las puertas de roble que formaban la entrada.
Kyle tenía unos treinta años; Peto no pasaba de la veintena.
A primera vista, parecían gemelos, no sólo por su rostro, sino
también por sus gestos. Eso se debía en parte a que ambos iban
vestidos del mismo modo, y en parte porque Kyle había sido el
mentor de Peto durante casi diez años. Así que el monje más
joven inconscientemente imitaba la naturaleza tensa y demasiado
cauta de su amigo. Ambos tenían la piel tersa y aceitunada,
y llevaban la cabeza rapada. Usaban mantos naranjas idénticos,
como todos los monjes muertos en el templo.
En su camino hacia el altar, tuvieron que pisar los cadáveres
de varios hermanos. A pesar de que a Taos le doliera verlos
en esa situación, le consoló el simple hecho de que estuvieran
allí. Su ritmo cardíaco se aceleró… Por fin volvía a latir
a un ritmo constante.
Peto había sido lo bastante considerado para llevarle una
pequeña taza con agua. Tuvo cuidado en no derramar nada de
camino al altar, pero sus manos temblaban visiblemente mientras
contemplaba el caos del templo. Casi se sintió tan aliviado
de entregar la taza, como Taos de recibirla. El viejo monje
la tomó en ambas manos y empleó toda la fuerza que le quedaba
para levantarla hacia sus labios. La frescura del agua en
su garganta pareció devolverle la vida.
—Gracias, Peto. Y no te preocupes: antes de que termine
el día, volveré a ser el mismo de siempre —dijo, inclinándose
para dejar la taza vacía en el suelo de piedra.
—Por supuesto, padre. —La voz trémula no parecía convencida,
pero al menos albergaba cierta esperanza.
Taos sonrió por primera vez ese día. Peto era tan inocente
y se preocupaba tanto por los demás, que era difícil no sentirse
reconfortado en su presencia, en medio del caos sangriento
del templo. Lo habían llevado a la isla a los diez años, después
de que una banda de narcotraficantes asesinara a sus padres.
Vivir con los monjes le había dado paz interior y lo había ayudado
a reconciliarse consigo mismo. A Taos le enorgullecía
haber convertido a Peto, junto a los demás hermanos, en el ser
humano maravilloso, atento y desinteresado que ahora tenía
delante. Pero iba a mandarlo al mundo que le había robado su
familia.
—Kyle, Peto… Sabéis por qué estáis aquí, ¿verdad? —preguntó
el monje.
—Sí, padre —dijo Kyle, contestando por los dos.
—¿Estáis a la altura de la misión?
—Por supuesto, padre. Si no lo estuviéramos, no nos hubiera
llamado.
—Eso es cierto, Kyle. A veces olvido lo sabio que eres. Recuérdalo,
Peto. Aprenderás mucho de Kyle.
—Sí, padre —respondió Peto, con humildad.
—Ahora escuchad con atención. Tenemos poco tiempo.
Desde ahora, cada segundo cuenta. La existencia del mundo
libre recae en vuestros hombros.
—No le fallaremos, padre —insistió Kyle.
—Sé que no me fallaréis a mí, Kyle, pero si fracasáis será
la humanidad la que saldrá perdiendo. —Hizo una pausa antes
de continuar—: Encontrad la piedra y devolvedla al templo.
No dejéis que esté en manos del mal cuando llegue la oscuridad.
—¿Por qué? —preguntó Peto—. ¿Qué podría suceder, padre?
Taos puso una mano en el hombro de Peto, sujetándolo
con sorprendente firmeza para un hombre en su condición.
Estaba horrorizado por la masacre, por la amenaza que suponía
y, sobre todo, porque no tenía otra opción que enviar a
esos dos monjes al peligro.
—Escuchad, hijos míos… Si esa piedra está en las manos
equivocadas en el momento equivocado, todos lo sabremos.
Los océanos se elevarán y la humanidad será eliminada como
lágrimas en la lluvia.
—¿«Lágrimas en la lluvia»? —repitió Peto.
—Sí, Peto —contestó con suavidad Taos—, justo como
«lágrimas en la lluvia». Ahora apresuraos. No hay tiempo para
que os lo cuente todo. La búsqueda debe empezar de inmediato.
Cada segundo que pasa, cada minuto que transcurre,
nos acerca al final del mundo que hemos conocido y amado.
Kyle limpió una mancha de sangre de la mejilla de su superior.
—No se preocupe, padre, no perderemos el tiempo. —A
pesar de todo, dudó un momento y luego preguntó—: ¿Dónde
debemos empezar nuestra búsqueda?
—En el mismo lugar de siempre, hijo mío. En Santa Mondega.
Ahí es donde ellos más codician el Ojo de la Luna.
—Pero ¿quiénes son «ellos»? ¿Quién lo tiene? ¿Quién ha
hecho todo esto? ¿A quién, o qué, estamos buscando?
Taos hizo una pausa antes de responder. De nuevo examinó
la matanza a su alrededor y recordó el momento en que
había mirado a su atacante a los ojos, justo antes de que le disparara.
—Un hombre, Kyle. Búscalo. No sé su nombre, pero cuando
lleguéis a Santa Mondega, preguntad por el hombre al que
no se puede matar. Averiguad quién es capaz de asesinar a treinta
o cuarenta personas sin siquiera despeinarse.
—Pero, padre, si existe un hombre así, ¿la gente no temerá
decirnos quién es?
A Taos le irritaron las preguntas de Kyle, pero el monje estaba
en lo cierto. Pensó en ello durante un instante. Uno de los
puntos fuertes de Kyle era que, si preguntaba, al menos lo hacía
con inteligencia. En esa ocasión, Taos tenía una respuesta.
—Sí, tendrán miedo, pero en Santa Mondega un hombre
venderá su alma al lado oscuro por un puñado de billetes.
—No comprendo, padre.
—Por dinero, Kyle, por dinero. La basura y la escoria de
la Tierra harán lo que sea por él.
—Pero nosotros no tenemos dinero, ¿verdad? Usarlo va
contra las leyes sagradas de Hubal…
—Técnicamente, sí —comentó Taos—, pero aquí tenemos
dinero. Sólo que no lo gastamos. El hermano Samuel se
reunirá con vosotros en el puerto. Os entregará una maleta
con más dinero del que necesita cualquier hombre. Empleadlo
con moderación para conseguir la información necesaria.
—Una ola de cansancio se apoderó de él. Taos se palpó el rostro
antes de continuar—: Sin dinero no duraríais un día en
Santa Mondega. Así que no lo perdáis bajo ningún concepto.
Y estad atentos. Si se corre la voz de que tenéis dinero,
ciertas personas vendrán a buscaros. Os aseguro que son peligrosas.
—Sí, padre…
Kyle se emocionó. Aquél sería su primer viaje desde que
estaba en la isla. Todos los monjes de Hubal llegaban allí de
niños, y las oportunidades de dejar la isla se presentaban una
vez en la vida, o ni siquiera eso. Kyle se sintió culpable al instante.
En el templo no cabían los sentimientos.
—¿Hay algo más? —preguntó.
Taos sacudió la cabeza.
—No, hijo mío. Ahora marchaos. Tenéis tres días para recuperar
el Ojo de la Luna y salvar al mundo. Y el tiempo ya
está corriendo en el reloj de arena.
Kyle y Peto hicieron una reverencia ante el padre Taos y
luego se encaminaron hacia la salida del templo. Necesitaban
respirar aire puro. El hedor de la muerte les daba náuseas.
Lo que no se imaginaban era que volverían a olerlo. El padre
Taos se lo temía. Y mientras los veía marcharse, deseaba
haber tenido el valor de contarles qué les esperaba en el mundo
exterior. Cinco años antes, había mandado a otros dos jóvenes
monjes a Santa Mondega. Jamás habían vuelto, y sólo él
sabía por qué.


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