Posteado por: jarmandolopez | agosto 14, 2010

El Hombre Oculto – Capítulo I

Sánchez odiaba a los desconocidos que entraban en su bar.
De hecho, también odiaba a los clientes habituales, pero eran
bienvenidos tan sólo porque les temía. Echar a un cliente habitual
sería como firmar su propia sentencia de muerte. Los
criminales que frecuentaban el Tapioca siempre estaban buscando
una oportunidad para ponerse a prueba dentro de sus
cuatro paredes, ya que de esa forma cualquier criminal de la
zona llegaría a enterarse.
El Tapioca era un bar con carácter. Las paredes eran amarillas,
y no un amarillo agradable, más bien un color manchado
por el humo de los cigarrillos. No era sorprendente, ya que
una de las muchas reglas no escritas del Tapioca era que cualquiera
que lo frecuentara tenía que fumar. Puros, pipas, cigarrillos,
narguiles… lo que fuera era aceptable, excepto no fumar.
Eso era inaceptable. No beber alcohol también era considerado
un pecado, pero allí el mayor pecado de todos era ser un
desconocido. A nadie le gustaban los desconocidos. Eran malas
noticias.
Así que cuando entró un hombre vestido con un manto
negro y largo (la capucha cubriéndole la cabeza) y se sentó al
final de la barra, Sánchez no esperaba que saliera del Tapioca
de una pieza.
Los veinte clientes sentados alrededor de las mesas dejaron
de hablar y de beber, mientras observaban al hombre en capuchado. No era una buena señal. Si hubiera estado sonando
una música de fondo, también se habría detenido. Tan sólo
se oía el ronroneo continuo del ventilador de hélice que colgaba
del techo.
Sánchez se propuso ignorar a su nuevo cliente, pretendiendo
no haberlo visto. Por supuesto, una vez que el hombre habló,
tuvo que ceder en su empeño.
—Camarero, ponme un bourbon.
El hombre no levantó la vista. Había pedido la bebida sin
siquiera dirigirse a Sánchez, y como no se había quitado la capucha,
no era posible decir si era tan desagradable como parecía.
Tenía una voz muy ronca. (En esos lugares, la maldad se
juzgaba por el nivel de ronquera.) Con eso en mente, Sánchez
tomó un vaso de whisky razonablemente limpio y se acercó
al hombre. Depositó el vaso en la pegajosa superficie de la barra,
justo frente al desconocido, y se permitió echar un vistazo
a la cara encapuchada. Pero la sombra de la capucha era demasiado
profunda para distinguir nada, y no iba a correr el
riesgo de que lo sorprendiera mirando.
—Con hielo… —murmuró el hombre. En realidad, era más
bien un susurro áspero.
Con una mano, Sánchez buscó algo bajo la barra y sacó una
botella medio llena etiquetada como bourbon; luego tomó dos
cubitos con la otra. Dejando caer el hielo en el vaso, empezó a
servir la bebida. Llenó la mitad y puso la botella en la barra.
—Son tres dólares.
—¿Tres dólares?
—Sí.
—Llena el vaso.
Desde que el hombre entrara en el bar se hizo el silencio,
excepto el ventilador del techo, que parecía más ruidoso. Sánchez,
evitando todo contacto visual, tomó la botella de nuevo
y llenó el vaso hasta arriba. El desconocido le tendió un billete
de cinco dólares.
—Quédate con el cambio.
El camarero dio media vuelta y marcó la venta en la caja
registradora. Pero los pequeños sonidos de la transacción
se vieron interrumpidos por palabras. A sus espaldas, escuchó la voz de Ringo, uno de sus clientes más desagradables. Era
una voz bastante ronca, en comparación con otras.
—¿Qué te trae a nuestro bar, desconocido? ¿Qué buscas?
Ringo compartía mesa con otros dos hombres, a pocos metros
del desconocido. Era un rufián seboso y sin afeitar, igual
que la mayoría de los delincuentes del bar. E, igual que los demás,
llevaba una pistola colgando en su costado y ansiaba cualquier
excusa para desenfundarla. Todavía en la caja registradora
detrás de la barra, Sánchez respiró hondo y se preparó
para lo inevitable.
Ringo era un criminal famoso, culpable de casi cualquier
crimen imaginable. Violación, incendios provocados, robo,
asesinato de policías… Lo que se quiera: Ringo los había cometido
todos. No pasaba un día sin que hiciera algo que pudiera
mandarlo a la cárcel. Hoy no era distinto. Ya había atracado
a tres hombres a punta de pistola, y ahora, tras gastar sus
«ganancias» en cerveza, buscaba pelea.
Al darse la vuelta, Sánchez vio que el desconocido no se
había movido ni había probado su bebida. Y por unos segundos
espantosamente largos, no había respondido a la pregunta
de Ringo. Sánchez recordaba que, en una ocasión, éste había
disparado a un hombre en la rodilla, tan sólo porque no le
había contestado con suficiente rapidez. Así que suspiró de
alivio cuando, por fin, antes de que Ringo preguntara por segunda
vez, el hombre decidió contestar.
—No estoy buscando problemas.
Ringo sonrió amenazadoramente y gruñó:
—Yo soy el problema, y parece que me has encontrado.
El hombre encapuchado no reaccionó. Se quedó sentado
en la barra, absorto en su bebida. Ringo se levantó de su silla
y se acercó a él. Se recostó en la barra junto al recién llegado,
y con una mano le quitó la capucha, dejando al descubierto el
rostro de rasgos finos, sin afeitar, de un treintañero rubio. El
joven tenía los ojos inyectados en sangre, probablemente a
causa de una resaca o de un sueño de borrachera.
—Quiero saber qué haces aquí —exigió Ringo—. Al parecer,
esta mañana llegó a la ciudad un desconocido que se cree
un tipo duro. ¿Tú te crees un tipo duro?
—No soy un tipo duro.
—Entonces toma tu abrigo y vete a la mierda.
Como orden, ésta tenía sus limitaciones, ya que el desconocido
no se había quitado la capa.
El rubio consideró la sugerencia de Ringo; luego sacudió
la cabeza.
—Conozco a ese desconocido —dijo con voz ronca—, y
sé por qué está aquí. Te lo contaré todo si me dejas en paz.
Ringo esbozó una sonrisa debajo del bigote oscuro y sucio.
Se volvió para observar a su público: los veinte clientes seguían
sentados a sus mesas, atentos a la escena. La sonrisa de
Ringo sirvió para reducir la tensión, aunque todos sabían que
pronto su ánimo volvería a ensombrecerse. Después de todo,
se hallaban en el Tapioca.
—¿Qué os parece, muchachos? ¿Dejamos que el rubiales
nos cuente una historia?
Se oyó un coro de afirmaciones y un tintineo de vasos. Ringo
rodeó los hombros del desconocido y lo hizo girar en el
asiento.
—Vamos, rubiales, háblame de ese desconocido. ¿Qué busca
en mi ciudad?
La voz de Ringo sonó burlona, aunque no pareció molestar
al hombre, el cual empezó a hablar.
—Esta mañana, yo estaba en un bar a un par de kilómetros,
y este tipo entró y pidió una bebida.
—¿Cómo era?
—Al principio no se le veía la cara porque usaba una capucha.
Pero entonces alguien se le acercó y se la quitó.
Ringo dejó de sonreír. Sospechaba que el hombre se estaba
burlando de él, así que presionó una mano en su hombro.
—¿Y qué sucedió después? —preguntó, amenazador.
—El desconocido, que tenía buen aspecto, se tomó la bebida
de un trago, sacó el arma y mató a todos los imbéciles del
bar… excepto a mí y al camarero.
—Espera… —dijo Ringo, suspirando por los sucios agujeros
de su nariz—. Puedo comprender que quisiera conservar vivo al
camarero, pero no veo ninguna razón para que no te matara.
—¿Quieres saber por qué no me mató?
Ringo desenfundó la pistola de su cinturón y apuntó a la
mejilla del hombre.
—Exacto. Quiero saber por qué ese hijo de puta no te mató.
El desconocido miró a Ringo, ignorando el revólver en su
cabeza.
—No me mató porque quería que viniera a este antro de
mierda y encontrara a un gilipollas llamado Ringo.
A Ringo no se le escapó el énfasis en la palabra «gilipollas».
Sin embargo, pese a la sorpresa con que recibió semejante afirmación,
se mantuvo bastante tranquilo, al menos para sus estándares.
—Yo soy Ringo. ¿Quién diablos eres tú?
—Eso no importa.
Los dos delincuentes que estaban sentados a la mesa de
Ringo se levantaron. Ambos dieron un paso al frente, listos
para respaldar a su amigo.
—Es importante porque dicen que este tipo se hace llamar
Kid Bourbon —masculló Ringo—. Tú estás bebiendo bourbon,
¿no es así?
El rubiales observó a los dos amigos de Ringo. Luego volvió
a mirar a lo largo del cañón del arma de Ringo.
—¿Sabes por qué lo llaman Kid Bourbon? —preguntó.
—Sí —intervino uno de los amigos de Ringo, a sus espaldas—.
Dicen que cuando bebe bourbon, se vuelve loco y mata
a quien tenga delante. Dicen que es invencible y que sólo el
Diablo puede eliminarlo.
—Es cierto —dijo el desconocido—, Kid Bourbon los mata
a todos. En cuanto se toma un trago, se pone a disparar… Al
parecer, el bourbon le da una fuerza especial. Y yo debería saberlo.
Lo he visto con mis propios ojos.
Ringo presionó la boca de la pistola contra la sien del
hombre.
—Bebe tu bourbon.
El desconocido se volvió en su asiento para mirar hacia la
barra y tomó su bebida. Siguiendo sus movimientos, Ringo
continuó presionando el arma contra su cabeza.
Detrás de la barra, Sánchez retrocedió varios pasos, esperando
mantenerse fuera del alcance de la sangre o los sesos que
pudieran volar en su dirección. O tal vez la bala perdida… Observó
cómo el desconocido levantaba el vaso. Con los nervios,
cualquier hombre habría derramado media bebida, pero no
aquel tipo. El desconocido era tan frío como el hielo en su
vaso. Se le tenía que reconocer eso.
Pero ahora todos los clientes del Tapioca estaban en pie
y se esforzaban por ver la escena, pistola en mano. Todos
ellos presenciaron cómo el desconocido levantaba el vaso
hacia su rostro, inspeccionando el contenido. Un hilo de sudor
resbalaba por la parte externa del vaso. Era un sudor
real. Tal vez perteneciera a la mano de Sánchez, o a la del último
usuario del vaso. El hombre parecía observarlo, esperando
a que se deslizara lo suficiente para no tener que probarlo.
Al final, cuando la gota de sudor estaba lo bastante
baja para que no pudiera entrar en contacto con su boca,
suspiró y vertió la bebida en su garganta. En el lapso de tres
segundos, el vaso estaba vacío. Todo el bar contuvo la respiración.
No pasó nada.
Todos aguantaron la respiración un poco más.
Y siguió sin pasar nada.
Así que todos siguieron respirando, incluso el ventilador
de hélice.
Todavía nada.
Ringo retiró su arma de la cara del desconocido y formuló
la inevitable pregunta:
—Entonces, ¿eres el tal Kid Bourbon?
—Beber semejante orina sólo demuestra algo —espetó el
hombre, secándose la boca con el dorso de la mano.
—¿El qué?
—Que puedo beber orina sin vomitar.
Ringo miró a Sánchez. El camarero se había alejado de la
trayectoria y apoyaba la espalda contra la pared de la barra.
Estaba temblando.
—¿Le has servido de la botella de orina? —preguntó
Ringo.
Sánchez asintió, inquieto.
—No me gusta su pinta… —dijo.
Ringo enfundó su arma y se alejó. Entonces echó la cabeza hacia atrás y estalló de risa, dando palmadas en el hombro
al desconocido.
—¡Te has bebido una copa de orina! ¡Ja, ja, ja! ¡Una taza
de orina!
Todos en el bar se desternillaron de risa. Todos, menos el
desconocido rubio. Éste fijó la mirada en Sánchez.
—Dame un maldito bourbon. —Su voz era muy ronca.
El camarero tomó una botella distinta de detrás de la barra
y sirvió un vaso al desconocido. Esta vez lo llenó sin esperar
a que nadie le dijera nada.
—Son tres dólares.
Evidentemente, al hombre no le sorprendió que Sánchez
le pidiera otros tres dólares, y rápidamente mostró su cabreo.
En un instante, su mano derecha alcanzó el interior de la capa
negra y reapareció con una pistola. El arma era de color gris
muy oscuro y parecía bastante pesada en su mano, sugiriendo
que estaba cargada. Tal vez en el pasado fuera de un brillante
color plateado, pero, como cualquiera en el Tapioca sabía
muy bien, un arma brillante demostraba poco uso. El color
de la pistola de aquel hombre sugería lo contrario.
El rápido movimiento del desconocido terminó apuntando
directamente a la frente de Sánchez. A esta acción le siguió
una serie de chasquidos ruidosos, más de veinte distintos. Todos
en el bar pasaron a la acción: sacaron sus propios revólveres,
los amartillaron y apuntaron al desconocido.
—Tranquilo, rubiales… —dijo Ringo, de nuevo presionando
su pistola en la sien del hombre.
Sánchez sonrió de manera nerviosa, como disculpándose
del desconocido, que todavía apuntaba la pistola en su cabeza.
—Este bourbon es cortesía de la casa… —susurró.
—¿Crees que estoy buscando mi maldito dinero? —recibió
por respuesta.
A continuación, el desconocido depositó su pistola junto
a su nuevo vaso de bourbon y suspiró en silencio. Parecía muy
cabreado… Al fin y al cabo, tal vez necesitara una bebida. Era
el momento de quitarse el sabor a orina de la boca.
Tomó el vaso y lo llevó a sus labios. Todo el mundo esta<ba esperando a que bebiera el contenido. Pero el hombre, como
si quisiera atormentarlos, no lo ingirió de inmediato. Hizo una
pausa, como si fuera a añadir algo. Todos contuvieron la respiración.
¿Iba a hablar? ¿O iba a beber el bourbon?
La respuesta llegó pronto. Como si no hubiera bebido durante
una semana, consumió de un trago el contenido y soltó
el vaso de un golpe en la barra.
Definitivamente, eso era un bourbon.

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